Enlaza mis manos
Si pudiera compartir mi percepción del amor trataría de hablarles de 20 años de convivencia amorosa en la casa de mis padres. A mi infancia no llegaron gritos, llantos ni reclamos y tampoco alardes de pasión, fogosidad o delirio.
Esas manos se ocupaban de cocinar sopa de fideos y sencillos taquitos de papa que espolvoreaban con queso y lechuga. Papá y yo las veíamos moverse con agilidad y distribuir en la mesa fruta, panecillos, leche y alegría.
Mamá ponía dicha en toda la casa; cantaba y revoloteaba entre las plantas del jardín que cultivaba con sus propias manos; que después lavaba, cuidaba y blanqueaba concienzudamente con cuanto ungüento y menjurje tenía en su tocador.
A mi papá le encantaban las manos de mi madre. Creo que por contraste, pues las de él eran grandes y anchas. Tanto, que no tenía ninguna posibilidad de tocar el piano pues cada uno de sus dedos abarcaba dos notas del teclado. Pero amaba la música; todos los hijos, con mayor o menor éxito tomamos clases de piano, o guitarra o lo que quisiéramos.
Por las mañanas mi padre me acompañaba de la mano a la escuela y por las tardes íbamos a comprar nieve o simplemente me llevaba a elegir el pan para la merienda.
De tarde en tarde el amor de mis padres se enlazaba para caminar al cine a ver dos y algunas veces hasta tres películas. Esas veladas de cinematografía los podías ver en la luneta del cine Avenida, tomados de las manos, compartir alguna golosina que mi papá llevaba en una bolsita de dulces Constanzo.
Mis padres rodearon de amor y cuidados compartidos mi vida. Ver a mi padre tomar con cariño las manitas de mi mamá, que se perdían entre sus manos, me hacen sentir, aún hoy día, que todo marcha bien.
Tengo la certeza que las manos de mis padres se enlazan con mi vida, sostienen erguidos mis pasos y me sujetan con amor para que yo me levante cuando caigo.
Corregidora, Querétaro
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