La Calabaza


Este cuento lo escribí cuando participé en el Taller de Creación Literaria de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, dirigido por la maestra Juana Meléndez. 

Con él inicio una sección dedicada al cuento corto en la que incluiré textos propios y de otros autores. Espero poder recuperar algunos cuentos escritos en el mismo Taller de Creación Literaria, por algunos de mis talentosos compañeros. Sirva pues esta propuesta como un homenaje a la reconocida poeta Juana Meléndez a quien mucho debo en este proceso de escribir historias y poemas. 


La Calabaza


¡Otra vez la mala suerte! Ya no sé ni pa´donde voltear, ni sé cuándo empezó todo esto. Creo que desde que se me murió la vieja, no he visto la mía.

¿Si le platiqué, verdá? Yo creo que pos yo no era ni tan malo, y yo la verdá pos si jui´re buen marido. 

Fíjese: le compré su buena casa y casi nunca le pegaba. Nomás ahí de vez en cuando que se ponía rete necia, con eso de que yo no tomara. Ni que juera tan borracho. Pero eso sí, quién sabe qué le iría a contar al mero Patrón. Vaya usté a saber. Porque como le dije: Nomás jue que se me muriera y parece que la traín conmigo.

Una tras otra, hasta la chamba perdí. Con decirle que hasta me juré y desde hace tres semanas que ni un traguito me tomo; me juí el domingo a misa y le prometí a la vieja que si nomás me deja en paz, le mandaba hacer sus misas… y nada. Y luego, por andar haciéndole caso al Pancho aí voy con la bruja de Juaquina. 

Déjeme que le cuente. Pa´empezar, que tenía que ir a verla en viernes, y que me vistiera de blanco. Y ahí le voy, como si juera paloma. Lo bueno es que no me vieron, porque hasta velita traiba.

Luego la Juaquina, mugre vieja, que me arrima una barrida que hasta creo se desquitó con migo de alguna muina que traiba. ¡Me puso una variza! Quesque con rama de pirul y gallina negra. Pobre gallina, quedó que ni pa´sopa. 

Y luego la Juaquina me preguntó que si mi mujer no estaría muina conmigo por lo de la Rosita. Pa´saber. Total que si por eso era; me dijo que me comprara una calabaza bien grande y le rezara a mi vieja siete noches seguiditas.

La calabaza se la encargué a Rosita, y pos ella me hizo el favor. Me trajo del mercado una rete bonita. Grandotota, pesada y bien amarilla y otra más chiquita por si se necesitaba más. Suerte que es la temporada no salió tan cara, pos como ya le dije he andado re´mal de centavos.

Nomás viera usted qué de rezos le hice… Porque la Juaquina me dio los rezos; ya ni sé cuántos credos dije. Pero eso sí, de plano no se los dije a la calabaza. Rosita me aconsejó que mejor le rezara a la Virgencita, y pos que le cuento, no se me jueron los rezos ni un día, o mejor dicho ni una noche, porque acuérdese usté que había que rezar de noche, ya por ai como a las doce. Lo bueno es que Rosita bien que me acompañaba, pa´que no se me hiciera tan pesado.

Pero ahora ai le va lo bueno. La última noche había que ir a rezarle a mi vieja al pantión, llevarle flores y un buen regalo. Total, rebusqué en el baúl a ver qué había: un perfumito que le estaba guardando a la Rosita, el chal dorado que mi vieja usaba pa las fiestas y hasta le pedí a Rosita que me emprestara la medalla de la Guadalupana que yo le había regalado, porque esa era la misma que le había dado a mi vieja el día de la boda y era oro del bueno. Ya entrado en gastos me puse el traje, los zapatos nuevos y hasta Rosita me ayudó con la corbata.

Rosita dijo que en esa mejor no me acompañaba, no juera que la muertita la trajiera con ella. Además, eso de ir al camposanto en la noche le daba re mala espina. Bien que mal ai le voy. Bien ajuariado, con flores y las dos calabazas, pues pensé que más valía que sobrara.

Era sábado por la noche. ¿Se acuerda uste de ese día que hizo rete harto frio? Pos ai me tiene cargando las mentadas calabazas hasta el pantión, porque el chiste, según Juaquina, era hacer sacrificio dizque pa´aplacar al ánima en pena. Si viera usted; a cada paso que daba las desgraciadas calabazas como que más pesaban, ya creiba yo que no llegaba. 

La noche estaba tan cerrada que mesmamente más boca de lobo parecía. Ya en el pantión ni las estrellas brillaban y con el aigre que hacía, no es que yo tuviera miedo, ya ve que a mi nada se me atranca, pero yo creo que del cabrón frio me sonaban los dientes y más parecía que hasta a los muertos los huesos les tronaban, y a más, el viento me soplaba la vela a cada ratito y me acabé los pocos cerillos que traiba.

Estaba todo tan negro que me trompecé dos veces. Encontré la tumba de mera chiripa. Llegué al sepulcro con la vela apagada, todito raspado y las flores tan marchitas que más parecían matojo. 

No bien y mal había llegado, dentre los sepulcros que se oyen unas sombras. Pa´mi que había unos vivos que me estaban esperando, porque de casualidad no estaban. 

Dígame uste si no. Apenas iba en la primera rezada y ni sé ónde salieron y con la negrura que había no les pude ver la cara. ¡Desgraciados montoneros! ¡Me dejaron en puros cueros y sin lana! No respetaron ni a la Guadalupana. Nomás dejaron a las puras calabazas. 

Pero eso sí, hora que me halle a la Juaquina… mire si me vio la cara. Que a no ser por las pinches calabazas, no tragaba nada en toda la semana


Griselda Gómez P.       


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