En olor a Santidad

 



Chayito, con un misal más despeinado que lechuga, a la salida del rosario camina con los ojos bajos y el alma elevada. De lunes a sábado, por las tardes a las cinco; va a la iglesia a rezar como quien compra plegarias al menudeo. Lo que alcanza para un día.

Los domingos es diferente, es día festivo; asiste a misa para recoger bendiciones como si fueran bolo: a veces caen indulgencias plenarias, otras, bendiciones papales, indulgencias a medias y en otra ocasión recoge lo sembrado en la semana. Venga, pase: por nueve viernes le obsequiamos un perdón, por 100 rosarios tiene una gracia y 14 jaculatorias borran máculas veniales. Cosa de llevar la cuenta para completar un milagro.

Camina con pasos quedos, con sus zapatillas silenciosas, propias para deslizarse por la banqueta y la vida sin apenas ser notada. Tiene la tez morena y su cuerpo a fuerza de ser ignorado, se mueve con el sigilo de una sombra de quien duerme de 21 a 7 y sueña de 7 a 21 en materializadas plegarias.

Sueños huecos como santos de yeso, con los ojos vacíos y fijos en la eternidad, como los de José el Indiano. El de la tienda, quien sin apenas mirarla, los lunes por la mañana pone en la canasta de Chayito viandas diversas mientras anuncia con voz de poeta: un repollo, dos de lentejas, jitomate, una de aceite, el arroz y un queso; cuatro treinta. 

Y ella mira esas manos blancas y fuertes que nunca rozan sus dedos y sus ojos van de la canasta a la cara de José el Indiano, José el de los ojos que no la miran. Por eso Chayo desgrana rosarios entre cuatro viejas y un cuarentón de manos tersas y suavísimos modales que con voz de contralto canta el sonsonete de las cuentas una a una, mientras ella le pida a San Judas ¡Un milagro! a San Antonio ¡Una gracia! a José ¡Un favor!

Desde la primera vez que lo vio Chayito prometió ponerse el hábito hasta el día que pudiera cambiarlo por un albo vestido para ir al altar junto a José. Pero está visto que santos y tenderos tienen oído de artillero y Chayo, con su recatado aspecto de sayal franciscano e inconfundible olor a cirio, hace un año que languidece en la iglesia.

Esa tarde, después de confesarse, decidió cambiar de santo; abandonar los ya demasiado ocupados Judas y Antonio por el desconocido San Pafnuncio. Con ese nombre seguro ni quien se acordara de él y –quien quitara- le ayudaba a encontrar el corazón de José. Tendría que preguntarle al padre Panchito, porque tal vez fuera pecado cambiar de un santo a otro, o falta de respeto.

Le informaron que el padre Panchito se había enfermado repentinamente. Chayo pensó que el asunto urgía y decidió consultarlo con cualquier padre. Encontró uno en la entrada de la vicaría y sin más le preguntó.

-No, le contestó el padre, no es pecado cambiar de devoción. Pero sería bueno que en desagravio a los otros santos les trajera un poco de incienso.

- ¿Incienso? - ¿Un kilo?

 –No, no tengo. Ni siquiera un gramo, contestó sorprendido el Indiano mirando los hermosos ojos negros de Chayito por primera vez. Ella sonrió. Con aquella boca que se podría besar como estampita bendita, y él le prometió pedir el incienso al proveedor. Pero tardaría.

-No importa, dijo Chayito, yo vendré todas las tardes a preguntar por él.

El mentado incienso tardó mes y medio en llegar, pero eso sí, la misma tarde que lo recibió, José el Indiano lo entregó personalmente en la casa de Chayito y gentilmente ofreció acompañarla a llevarlo a la iglesia; antes de dar un paseo por la plaza, como siempre lo hacían desde hace más de un mes, para comprar algodón de azúcar o helados, o las dos cosas.

Cuando iniciaron los trámites para la boda, Chayo le peguntó al padre Panchito por el sacerdote nuevo. - ¿Nuevo? No hay nadie nuevo. El único que vino hace ya tiempo fue el padre Andrés Pafnuncio. Fue cuando me enfermé, sólo estuvo por una tarde y nunca más lo he visto, pero te diré que llegó como venido del cielo, pues yo no sé que hubiera hecho sin él, porque era día de confesión. Un verdadero milagro.


Griselda Gómez P.  

Alfa, UASLP, Julio diciembre 2003, pp 6 -8. 

 

En voz de Griselda Gómez:

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