Que Ande el Burro



Don Cástulo, rico habitante de Santa Rosa, había enviudado hacía más de diez años y sea por respeto a la memoria de doña Quetita, su difunta esposa, o fuera porque se acordaba bien de sus años de matrimonio, el caso era que había resistido los embates matrimoniales de cuanta soltera había en el pueblo, quienes finalmente cansadas de tanto desaire, habían puesto sus miras en otros prospectos. Todas excepto Jacinta, quien no sólo era la más terca, sino también la más fea.

Durante diez años Don Cástulo se había visto asediado con singular constancia de la mañana a la noche. En la misa, como quien no quiere la cosa, coincidían no importaba cuantas veces él hubiera cambiado de horario o de iglesia. Incansable, Jacinta le enviaba panecillos recién horneados, buñuelos por navidad, capirotada en cuaresma y no amanecía el día que no se la encontrara “casualmente” hasta en la sopa.

Así las cosas, la revolución llegó una mañana al poblado. 

–Ahí vienen las soldaderas, anunció la chiquillada y poco después entró la avanzada del ejército del caudillo en turno. Poca resistencia encontró por parte de la escasa docena de federales emplazados en el pueblo y quienes, para no buscarle, a las primeras de cambio se enrolaron en la Bola.

—Órale pelones, vociferó el caudillo, a ver si me van arriando pa´ca esa bola de ricos jijos. Nomás y no entreguen los dineros del pueblo y me los trueno, y pa´más, manque aflojen la lana, mesmamente y me los cargo.

Por demás está decir que entre los primeros que arriaron estaba precisamente Don Cástulo. Y arriar estaba bien empleado pues los soldados lo mismo jalaron con hombres que con bestias y levantaron cuanto caballo y burro se encontraron en el pueblo.

Ya entrados en juicios, para mayor humillación se le ocurrió al caudillo que “pos aprovechando” la ocasión, se ajusticiara a los prisioneros montados en un burro. 

–Pero, eso si, bola de pelones, cuidadito y le atinen al burro de abajo, porque me los quebro a ustedes también.

Pocas esperanzas tenía Don Cástulo de salir bien librado de esa. Con temor creciente miró cómo, sin importar las súplicas, uno a uno los vecinos eran arrastrados rumbo al paredón.

El único que se había salvado, hasta el momento, era Don Pedrito, cuya mujer se arrojó a los pies del caudillo implorando la vida de su marido pues –Al fin y al cabo, le dijo, ya le entregamos todo el dinero, ¿no entonces también somos pobres? Y entonces, ¿qué voy a hacer yo, una viuda pobre con seis hijos?

—Ah, pos si, qué de lógica, dijo el caudillo, a la mujer no le falta razón. Ándale tú, vete pa´ tu casa y cuida a tu vieja, que le debes la vida.

Seguía el turno a Don Cástulo, y no obstante su miedo a enfrentar la muerte, no les daría el gusto que lo vieran suplicando. Así es que dignamente subió al burro a esperar su destino.

Pero aparentemente su destino era otro, porque de pronto, abriéndose paso entre la multitud, Jacinta se lanzó a las rodillas del caudillo llorando como plañidera y suplicando por la vida de “su marido”.

El corazón del caudillo, como se dice, ya había sido tocado, y como el mismo decía; no era un desalmado. Miró largamente a Jacinta y suspirando le dijo a don Cástulo: - Pos bueno tú, pero qué vieja tan chillona tienes...pero, ya en la bola, si esta es tu mujer peor pá ti, anda y vete.

Don Cástulo miró a Jacinta, quien con la cara descompuesta por el llanto se aferraba a sus piernas. Vio su gesto, pleno de amoroso triunfo, sintió la fuerza de la devoción que lo ataba con cadenas que reclamarían gratitud eterna y entonces, serenamente, con la frente en alto dijo:

—Que ande el burro, ¡Vámonos al paredón!


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