Que Ande el Burro
Durante diez años Don Cástulo se había visto asediado con singular constancia de la mañana a la noche. En la misa, como quien no quiere la cosa, coincidían no importaba cuantas veces él hubiera cambiado de horario o de iglesia. Incansable, Jacinta le enviaba panecillos recién horneados, buñuelos por navidad, capirotada en cuaresma y no amanecía el día que no se la encontrara “casualmente” hasta en la sopa.
Así las cosas, la revolución llegó una mañana al poblado.
–Ahí vienen las soldaderas, anunció la chiquillada y poco después entró la avanzada del ejército del caudillo en turno. Poca resistencia encontró por parte de la escasa docena de federales emplazados en el pueblo y quienes, para no buscarle, a las primeras de cambio se enrolaron en la Bola.
—Órale pelones, vociferó el caudillo, a ver si me van arriando pa´ca esa bola de ricos jijos. Nomás y no entreguen los dineros del pueblo y me los trueno, y pa´más, manque aflojen la lana, mesmamente y me los cargo.
Por demás está decir que entre los primeros que arriaron estaba precisamente Don Cástulo. Y arriar estaba bien empleado pues los soldados lo mismo jalaron con hombres que con bestias y levantaron cuanto caballo y burro se encontraron en el pueblo.
Ya entrados en juicios, para mayor humillación se le ocurrió al caudillo que “pos aprovechando” la ocasión, se ajusticiara a los prisioneros montados en un burro.
–Pero, eso si, bola de pelones, cuidadito y le atinen al burro de abajo, porque me los quebro a ustedes también.
Pocas esperanzas tenía Don Cástulo de salir bien librado de esa. Con temor creciente miró cómo, sin importar las súplicas, uno a uno los vecinos eran arrastrados rumbo al paredón.
El único que se había salvado, hasta el momento, era Don Pedrito, cuya mujer se arrojó a los pies del caudillo implorando la vida de su marido pues –Al fin y al cabo, le dijo, ya le entregamos todo el dinero, ¿no entonces también somos pobres? Y entonces, ¿qué voy a hacer yo, una viuda pobre con seis hijos?
—Ah, pos si, qué de lógica, dijo el caudillo, a la mujer no le falta razón. Ándale tú, vete pa´ tu casa y cuida a tu vieja, que le debes la vida.
Seguía el turno a Don Cástulo, y no obstante su miedo a enfrentar la muerte, no les daría el gusto que lo vieran suplicando. Así es que dignamente subió al burro a esperar su destino.
Pero aparentemente su destino era otro, porque de pronto, abriéndose paso entre la multitud, Jacinta se lanzó a las rodillas del caudillo llorando como plañidera y suplicando por la vida de “su marido”.
El corazón del caudillo, como se dice, ya había sido tocado, y como el mismo decía; no era un desalmado. Miró largamente a Jacinta y suspirando le dijo a don Cástulo: - Pos bueno tú, pero qué vieja tan chillona tienes...pero, ya en la bola, si esta es tu mujer peor pá ti, anda y vete.
Don Cástulo miró a Jacinta, quien con la cara descompuesta por el llanto se aferraba a sus piernas. Vio su gesto, pleno de amoroso triunfo, sintió la fuerza de la devoción que lo ataba con cadenas que reclamarían gratitud eterna y entonces, serenamente, con la frente en alto dijo:
—Que ande el burro, ¡Vámonos al paredón!

Me encantó tu cuento y tu blog, querida Griselda. Un abrazo afectuoso.
ResponderBorrarExcelente narrativa. Gracias por compartir.
ResponderBorrar