Estudio del libro LA PORTENTOSA VIDA LA MUERTE de Joaquin Bolaños

 
Figura 1

    En México hablar de la muerte y las calaveras es hablar de José Guadalupe Posada. Con todo mérito, sus grabados sobre el tema son sinónimo de las calaveras mexicanas. Sin embargo, y sin restarle ningún mérito, se debe reconocer como su inmediato antecedente al grabador Manuel Manilla, quien años antes que Posada, creó unas de las primeras calaveras en los talleres de Antonio Vanegas Arrollo, donde Manilla y Posada posiblemente convivieron por un breve periodo entre 1890 y 1895.

    Sin embargo, la imagen de la muerte tomada como personaje con dimensiones casi humanas, tiene en México al menos un antecedente más remoto. En la Nueva España, se publicó un libro con 18 láminas, creadas por el buril de Francisco Agüera y en las que se  presenta a la muerte como personaje antitético que recorre esta tierra entre humanas ocupaciones y preocupaciones.

    El autor del texto Joaquín Bolaños fraile franciscano del Convento de Guadalupe, Zacatecas nació hacia 1741 y murió en febrero de 1796. En su libro La Portentosa Vida de la Muerte pretendió presentar a los lectores católicos de finales del siglo XVIII una obra que de forma amena, advirtiera a los hombres sobre los peligros de olvidar lo inevitable de la muerte y recordarles la necesidad de estar preparados espiritualmente para el encuentro final.
    
Figura 2
    El momento de publicación de La Portentosa coincidió, por un lado con la Ilustración francesa que influía fuertemente en el mundo científico de Europa y de la Nueva España, y por otra parte con la férrea postura de la Inquisición española, que en materia de libros con tema religioso fue particularmente rígida. 

    Al respecto dice Elsa Ramírez Leyva: 

    “[…] a partir de 1551 ya se habían puesto en práctica algunas medidas para contrarrestar la invasión de tales libros, de ellas la más importante fue el Índice de libros prohibidos, el cual se convirtió en un instrumento de persecución no sólo de los libros que realmente eran contrarios a la ideología religiosa, sino también de otros cuyo único pecado era la probabilidad de que suscitaran una interpretación incorrecta del lector.” El libro y la lectura… 2001, p. 115.

    Esto afectó también a la Nueva España donde la corona y el clero españoles pusieron especial cuidado en tratar -al menos- de establecer un nuevo orden cristiano de vida para erradicar entre los pobladores indígenas del Nuevo Mundo, todos los vicios del Viejo Continente.

    Fue en ese marco en el que Joaquín Bolaños escribió La Portentosa Vida de la Muerte, Emperatriz de los Sepulcros, Vengadora de los Agravios del Altísimo y muy Señora de la Humana Naturaleza. La intención de Bolaños -según apunta en la introducción de su libro- es alertar a los hombres sobre los peligros de morir en pecado, sin asustarlos… demasiado. De ahí que el texto incluya algunas historias de personajes que, ante la muerte, encuentran redención y gloria.

    Al mismo propósito de suavizar la muerte obedecen los grabados de Francisco Agüera Bustamante, pues se puede observar que las figuras de la muerte están situadas casi en la cotidianidad. Un libro en el que la Muerte nace, vive, comparte cuitas y alegrías con los hombres  y muere, puede muy bien ilustrarse con la técnica de caricatura, que destaca los rasgos que caracterizan al personaje.
Figura 3

    Sin embargo, si observamos un poco, el libro es mucho más complejo; primero -a decir de Agustín Yáñez- constituye un antecedente de la novelística mexicana ya que no se puede pedir más ficción que la narración de la supuesta vida de la Muerte.  En segundo lugar, se encuentra una similitud de género con los escritos que con diferentes nombres se publican para ayudar a los hombres a morir cristianamente. Aún más, los grabados que la ilustran tienen una cierta relación con las danzas de la muerte, que en la Edad Media alcanzaron gran popularidad en algunos países de Europa.

    Se puede decir que Joaquín Bolaños conjuntó los géneros anteriores y realizó una forma nueva de advertir a los hombres sobre el peligro de morir en pecado, en una obra difícil de clasificar en un género literario en el que, a más, se incluye una serie de caricaturas de la muerte realizadas con un doble fin: suavizar la imagen de la muerte y a su vez criticar a una sociedad que, apoyada en la Ilustración Francesa, ha dejado en el olvido el peligro de condenarse al infierno.

    Realmente La Portentosa no puede considerarse una novela pues, como bien lo observó Agustín Yáñez:

    “[…] el texto se pierde en un discurso moralista, y no obstante la voluntad del autor de escribir de forma amena, pudo más la tradición y su formación sacerdotal  y lamentablemente los capítulos guardan la estructura de un sermón.” Bolaños, La Portentosa, Prólogo y selección de Agustín Yánez, 1944. p. XIX.
    
Figura 4
    
    El tema de la muerte como castigo no es nuevo, pertenece a la tradición cristiana que desde siempre ha descrito y representado a hombres ricos y pobres, mujeres y niños, nobles y plebeyos asociados con la muerte y el pecado. Tradición que durante la Colonia Española se agregó a la veneración prehispánica de la muerte (si bien durante la Colonia  permaneció subyacente a los ritos cristianos) que se pone de manifiesto en las celebraciones del 2 de noviembre, características sincréticas hasta cambiar de una conmemoración a los santos difuntos hasta una fiesta de Día de Muertos.

    El libro de Joaquín Bolaños recibió severas críticas al momento de su publicación, entre otros, por parte de José Antonio de Alzate, quien en su Guía de Forasteros, número 4 de 1792, considera que la obra “carece de buen gusto" y escribe: 

     “Pasó ya el tiempo infeliz en que ciertos autores (tales como Calderón en sus Autos sacramentales) presentaban al pueblo los augustos Misterios y los secretos de la verdadera religión en los teatros públicos, sin que contuvieran al furor poético de semejantes escritores los respetables personajes que introducían en sus mezquinos y ridículos dramas, lo que tanto choca y con razón a los que viven en el siglo del buen gusto, en el que floreció Calderón, hombre de rara invención y de talento, pero de paladar muy estragado.” Guía de Forasteros, Estanquillo Literario para el año de 1792, Año 1, No. 4. p. 8.

    Como puede deducirse de la cita, el cientificismo que entonces influía en la sociedad intelectual de la Nueva España no perdonaba ni poca ni mucha ficción o fantasía. Sirva esto pues, para mesurar las críticas que tan negativas que recibiera la obra de Bolaños.
    
Figura 5
    Alzate no fue el único, hacia 1816 José Mariano Beristáin en su Biblioteca Hispanoamericana Septentrional, reportó la existencia de un manuscrito –hoy perdido- titulado La vida de la Muerte para aprender a vivir y ensayarse a morir, y que atribuye a la pluma del carmelita Felipe de San José Señala que el capítulo primero se refiere a la “Descendencia de la Muerte” por lo que encuentra un singular parecido temático con el trabajo de Bolaños y lo considera como un posible plagio a lo que agrega:

    “...tuvo la debilidad de añadir en el frontis de la obra esta importuna expresión: “Cuya célebre historia se encomienda a los hombres de buen gusto”  y cómo en Mégico (sic) ...hay muchos de aquellos, que tienen el gusto muy delicado, se encomendaron muy bien de examinarla, y parece que la hallaron poco digna de los moldes y del buen gusto.” Beristáin de Souza,. Biblioteca Hispanoamericana Septentrional,  V. 1, p. 204.

    En relación al cargo de plagio que se le hace, cabe decir que en materia de sermones sobre la muerte y el pecado, la originalidad no era, ni es, la preocupación de los predicadores. Si Bolaños tuvo a la mano el manuscrito de Felipe de San José, lo más probable es que lo considerara, con honestidad e inocencia, inspiración divina y nunca plagio, pues para alcanzar los objetivos de encausar a los hombres a bien vivir justificaría a sus ojos utilizar cualquier recurso sin mayores miramientos.

    Por otra parte, para las autoridades de la Santa Inquisición era irrelevante el  tratamiento literario o crédito autoral siempre y cuando el texto se apegara a los cánones de fe y religión.

      A estas desventuras siguió el olvido y no fue sino hasta 1944 cuando Agustín Yáñez prologó la edición de la Universidad Nacional Autónoma de México titulada: Los sirgueros de la Virgen del Br. Francisco Bramón y La Portentosa vida de la Muerte de fray Joaquín Bolaños, para la colección Biblioteca del Estudiante Universitario. Es conveniente aclarar que esa edición contiene sólo un resumen de once de los capítulos del original. Sin embargo, Yáñez considera a La Portentosa como una joya bibliográfica por el propio interés del documento e indispensable para el estudio de la novela criolla en México. No obstante, si bien alaba el tema y el título, en cuanto a la realización literaria y al plan general de la obra nos dice:

    
Figura 6
   
“¿Cómo es posible? fracasó en el intento. El afán de predicación destruye las últimas posibilidades que pudiera tener una novela, mezcla sin gusto, registros distintos, sentencias latinas y refranes del vulgo, notas de humor y disquisiciones soporíferas, paisajes alambicados y sermones gerundianos, hasta recaer en descuidos, chabacanerías, inepcias y disparates gramaticales.” Bolaños, La Portentosa,. 1944, p. XIX.

En su edición no incluye ninguna de las ilustraciones del grabador Francisco de Agüera, quien corrió con mejor suerte pues califica a sus grabados de “interesantísimos” y dice: 

    “Las dieciocho ilustraciones –grabados en acero- hablan muy en alto a favor de la tipografía mexicana.” Ibid. p. XI.

    Yáñez considera la obra como un híbrido entre el sermón y el relato costumbrista del que no resulta ni “propiamente sermón, tratado apologético o análisis místico ni novela”. Opinión que es posible  influyera en los trabajos que posteriormente hicieron varios estudiosos de las letras hispanoamericanas.

    En 1976 Raymundo Lazo, en la Historia de la Literatura Latinoamericana, en el volumen que corresponde al siglo XIX, la califica como una anacrónica alegoría teológico moral. En el mismo año Luis Alberto Sánchez, en su Proceso y contenido de la novela hispanoamericana, señala que la obra corresponde más a la apologética y la catequística que a la fantasía. Poco después Enrique Anderson Imbert, en el tomo I de la Historia de la Literatura Latinoamericana, 1979, la descalifica del género novelesco por considerar que no es más que una “prosa verbosa truculenta hinchada de sermones que no tiene nada de novela”.
    
Figura 7
    
    En la misma tónica hacia 1981 José Rojas Garcidueñas, en el estudio publicado como Temas literarios del virreinato, la excluye por considerarla un ensayo -y por lo tanto-ajeno a la novela colonial. Por su parte Cedomil Goic en el apartado correspondiente a la “Época colonial” en la Historia de la Literatura Hispanoamericana, 1982, no está desacertado al considerar a La portentosa como un texto de tipo intencional que toma prestados elementos de la ficción novelesca con propósitos de popularización doctrinal. Por su parte José Joaquín Blanco, en La Literatura en la Nueva España, 1989, considera que es una obra de corte satírico y picaresco.

    Indudablemente todas esas opiniones, por demás autorizadas, tienen elementos en los cuales apoyarse, sin embargo considero que de una u otra forma pueden estar influenciadas tanto por Antonio Alzate como por Agustín Yánez. 

    No obstante las desfavorables críticas, el tiempo ha conservado a La Portentosa. De los cuatro mil ejemplares que originalmente se editaron, han sobrevivido varios en bibliotecas y colecciones particulares.

    En la edición crítica publicada por el Colegio de México en 1992, Blanca de Mariscal -además del manuscrito que se conserva en el Archivo de Nuestra Señora de Zapopan Jalisco- reporta la existencia de siete ejemplares de la edición de 1792: uno en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México y al cual corresponden las ilustraciones utilizadas en este trabajo. El segundo se localiza en el Fondo Comermex, un tercer ejemplar en la Biblioteca Cervantina del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, posiblemente procedente de la biblioteca de Salvador Ugarte. Otro en la Biblioteca de la Capilla Alfonsina de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Otro más que se reporta en The Latin American Collection de la Texas University. Finalmente, se tiene noticia de  al menos cuatro ejemplares que pertenecen a particulares. A la fecha: un ejemplar propiedad de Carlos Monsiváis, uno más perteneciente a Oscar González Chávez, y dos más en poder de Ricardo Pérez Escamilla. Posiblemente una de ellas se trate de la obra que fuera propiedad de José Cornejo Franco, (1900-1977). Por su parte Ma. Isabel Terán reporta además el ejemplar de la Biblioteca Luis González del Colegio de Michoacán y el de la Biblioteca Elías Amador en Zacatecas,Zac. Se sabe también de al menos un ejemplar que fuera del archivo del Colegio de Guadalupe, Zacatecas y que se trasladó al archivo de la Basílica de la Virgen de Zapopan, Jalisco.

    
Figura 8
    Al paso del tiempo existen, a saber, dos ediciones posteriores: Un facsimilar publicado por el Instituto Nacional de Bellas Artes en 1983, que se reporta en el catálogo de la Biblioteca Nacional de México, y la edición crítica de El Colegio de México de 1992, en la que Blanca López de Mariscal rescata el valor que esta obra tiene para el estudio de las letras mexicanas.

    La investigadora señala que una novela como tal no tendría posibilidades de publicación en la Nueva España por tratarse de un género de entretenimiento al que la Inquisición se opuso con desmedido celo. La Portentosa, no tenía esa intención de género. La abundancia de sentencias morales y sermones tan criticados, son la razón de ser de la obra. Blanca de Mariscal opina que: la narración novelesca, la aventura y el personaje son artificios que se agregan a ella. Elementos que no obstante ser agregados, apuntalan al origen de la novela en México. En relación a los grabados de Francisco Agüera nos dice:

    “Sinceramente creemos que el trabajo del grabador merece una revaloración por parte de los críticos de la obra gráfica, ya que posiblemente nos encontramos ante un interesantísimo antecedente del género en que sobresalió José Guadalupe Posada."
Bolaños, La Portentosa, 1992, p. 64.

    Por otra parte, en el estudio de María Isabel Terán, Los Recursos de la Persuasión, editado en 1997 por el Colegio de Michoacán, propone una revalorización del libro a partir de las estrategias textuales y la tradición discursiva empleada por Bolaños pero analizada desde los parámetros literarios actuales. La autora aporta una interpretación del texto a partir de un contexto histórico relacionado con la religión y la intención didáctica moral de Bolaños:

    
Figura 9
“Desde el principio el autor se esfuerza por dejar bien clara la intención de moralizar y divertir al lector... lo que da como resultado una obra híbrida que fluctúa entre la ficción y el sermón.” Terán, Los recursos de la persuasión: la Portentosa vida de la Muerte de fray Joaquín Bolaños. Morelia, El Colegio de Michoacán, 1997 p. 21. 

    Terán hace una interpretación que permite abordar el texto a partir de sus relaciones con la religión y el indudable propósito moralizante del autor pero sin perder de vista la función literaria; es un análisis de las motivaciones del autor y sus fuentes, así como una justificación a la forma literaria y su valor en el contexto histórico, ideológico y social de la vida en México de finales del siglo XVIII. Si bien señala el juego que Bolaños hace de tiempos y espacios, destaca la importancia de la obra en cuanto a que sus renglones nos permiten ver fragmentos de la sociedad novohispana y de lo que podríamos llamar la religión aplicada a hechos concretos. 

    En cuanto a la estructura de los capítulos, Terán señala que están constituidos por: a) una introducción, b) una anécdota o suceso, c) una reflexión moral y d) la conclusión o moraleja. Estos elementos permiten encontrar una semejanza con el método retórico, por lo que vistos desde esta perspectiva los capítulos semejan muy de cerca a un sermón.

    En relación a los grabados, la crítica ha ido de la mano con el texto o un poco peor si se puede. En el momento de su edición fueron calificados de horripilantes y en el siglo XX, Ma. Isabel Terán -que si bien incluye en su estudio un apéndice con los grabados de Agüera- comparte la opinión de Alzate y Ramírez que se refieren a ellos en términos que incluyen: la incorrección del dibujo, los escorzos imposibles y el pésimo sentido compositivo del grabador. (Es conveniente destacar que la calidad de la reproducción de los grabados en esta obra, es muy inferior a los del libro original o a los publicados en el libro de Blanca de Mariscal.)
    
Figura 10
    Desde el punto de vista artístico esta apreciación es del todo injusta, pues hay que señalar que la técnica empleada por Francisco Agüera es indudablemente la caricatura, la cual en ningún momento tiene la intención de realizar un dibujo naturalista ¡Qué sería de J. Guadalupe Posada si se le aplicaran cánones anatómicos a sus dibujos!

    En ese aspecto habrá que coincidir con la opinión de López de Mariscal, que señala que no es posible juzgar una novela con la cordura y la coherencia que se aplica a la ciencia, por lo que nos dice de Alzate, "no tiene la capacidad de ver la lógica de la ficción". Aplicada a la caricatura, la anatomía es únicamente una referencia que se puede manipular, combinar y aún reinventarse.

    En los grabados en cuestión, se advierte la intención de hacer amable el texto; ilustran situaciones de vida de personajes tomados de la Biblia (fig. 2, 7, 8), personajes ficticios (fig. 6, 14), así como de personalidades de la sociedad española y novohispana (fig. 11), para quienes la muerte adquiere diferentes significados.

    Puede ser una advertencia, una iluminación o una oportunidad de arrepentimiento. En el caso más positivo constituye el medio para liberarse de una existencia pasajera y llena de peligros, como es la humana, para llegar a la vida gloriosa y eterna en la gracia divina.

    En el extremo nefasto, la muerte adquiere para el pecador empedernido el significado de castigo, condenándolo a la muerte eterna en el sufrimiento y el olvido de Dios (fig. 9).
    
    
Figura 11
Los grabados constituyen la serie más antigua de grabados mexicanos que utilizan a la muerte como un personaje festivo, moralizador y de crítica social, que con gracia y humor sintetizan el núcleo de la historia de Bolaños, herederas de la tradición europea de las danzas de la muerte y precedentes a las muy mexicanas calaveras de Posada.

    Sin embargo, a excepción de las escasas menciones ya citadas, los grabados realizados por Francisco Agüera no habían sido investigados antes de 2005, fecha del Estudio iconológico de los grabados de Francisco Agüera en el libro de Joaquín Bolaños, La portentosa vida de la Muerte. En él se destaca la importancia de la simbología empleada, pues si bien las figuras son de muy sencilla factura, conllevan toda la carga y riqueza de la simbólica cristiana apegada, igual que el texto, a los cánones marcados por el clero de España.
        
    La obra de Agüera pretende llegar a quienes sabiendo leer, deban o quieran reforzar la fe y por tal motivo se sitúa en la tradición que desde el siglo XVI tiene la gráfica mexicana de utilizar armónicamente el texto y el dibujo para educar, moralizar o mejor aún, crear conciencia social.

    En cuanto a Francisco Agüera podemos decir que se trata de un grabador de oficio, de quien se tienen registrados numerosos grabados de imaginiería. A más de estampas Agüera también se ocupó de ilustrar libros dirigidos a la comunidad científica, como es el caso de mapas y grabados para los textos de arqueología que realizó para el libro de Antonio de León y Gama:  Descripción histórica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México se hallaron en ella en el año de 1790. Se trata de cuatro láminas en hojas dobladas por separado en la primera de las cuales está el grabado de la Coatlicue; muestra 6 vistas –incluida la base- donde se observa claramente la firma de Agüera. Dos láminas más con grabados de la Piedra del Sol o Calendario Azteca y otra más con detalles arqueológicos. Más tarde, Justino Fernández utilizó esos mismos grabados de la Coatlicue en su libro Estética del Arte Mexicano.

    Además, fue posible localizar información sobre 29 estampas religiosas, algunos retratos, escudos de armas, vistas arquitectónicas, dibujos geométricos y ex libris.

    
Figura 12
Encontrar pocos datos sobre el trabajo de Agüera no es sorprendente si consideramos que los ilustradores de libros raramente obtienen reconocimiento aún en nuestros días. Baste mencionar que en la obra de Bolaños, no se asienta su participación en las páginas de portada o preliminares y debe suponerse que todos son del mismo autor a partir de las firmas que se ven en los grabados 4, 8,10, 16 y 17 de la edición de 1792. Sin embargo, el trazo de la línea, el tratamiento del tema y la consistencia en el estilo permiten pensar que todas las placas –posiblemente aguafuertes en cobre- se deben a la mano de Agüera.

    Se trata de 18 grabados, el primero de los cuales se utiliza a manera de anteportada (fig.1)  en la edición de 1792 y los restantes 17 ilustran los 41 capítulos del libro.

        Al proponer una interpretación la mayor dificultad estriba en que los símbolos escapan a la unidad de la palabra y adquieren la multivalencia de la imagen que conlleva la carga del imaginario cultural de quien pretende descifrarlo. La interpretación será siempre subjetiva y dependerá de arquetipos culturales que a su vez, abren nuevas imágenes.

    La riqueza de la simbología en los grabados hace válida las observaciones de Blanca López de Mariscal, en relación a la necesidad de revalorizar la obra de Francisco Agüera tanto como la de Bolaños.

    Cabe recordar la importancia de no perder el enfoque moralista de Bolaños cuyo escrito, como ya se ha señalado, raya mucho con el sermón y en que el binomio: muerte-pecado, y muerte-eterna-castigo, -que va más allá de la vida humana- es utilizado como una amenaza constante contra el hombre.

    
Figura 13
Por ello los elementos que utiliza Agüera y cuya interpretación en algún momento pudiera parecer excesiva, pertenecen a la tradición iconográfica cristiana y corresponden a la intención piadosa del texto, que pretende a la vez de ser amable, conservar un tono edificante. De ahí la necesidad de que las ilustraciones tengan gracia y aparente informalidad.

    El estilo de los dibujos de Agüera presenta algunas características asociadas posteriormente a la producción de la gráfica mexicana. En primer lugar están situados en la tradición educativa y la formación religiosa que, como se mencionó anteriormente, datan del siglo XVI. Es conveniente destacar los fines ejemplificantes del libro, y por lo tanto los de las imágenes que lo ilustran, mismas que le dan mayor peso y claridad al mensaje.

    La secuencia de las ilustraciones que inician y cierran el texto, validan el tema central del libro; la imagen que abre el texto es una muerte coronada, que nos remite a una indudable aspiración del hombre; alcanzar la divinidad a través de la muerte. Aspiración que como se observa en el último grabado, se verá realizada al final de los tiempos, cuando en el juicio final los justos sean premiados con vida eterna en un nuevo mundo perfecto y –por supuesto- sin muerte, ya que estarán suprimidas las enfermedades, las guerras o catástrofes y al estar habitado únicamente por individuos justos, no existirán las pasiones humanas ni el pecado.

       Es a este objetivo al que Agüera contribuye empleando con acierto la caricatura. Si bien, tenía la capacidad técnica necesaria para desempeñarse como ilustrador de textos científicos, como es el caso de su colaboración con historiadores y arqueólogos, en este libro no pretende en ningún momento presentar al lector un dibujo preciosista o académico. En México el grabado ha estado ligado más a la difusión popular que a los grabados artísticos dirigidos a coleccionistas.

    
Figura 14
La aparente modestia del dibujo y la sencillez del trazo, propia de la caricatura, refuerza la idea central de los textos. Las líneas son rápidas, con soltura característica del dibujo cuya función es precisamente exagerar las formas para acentuar y ridiculizar el carácter de los personajes, y en este caso específico, con el objetivo de suavizar el tema. Aunque hay que observar que los personajes de Agüera no carecen de ciertos matices trágicos.

La intención es indudablemente satírica, pues si la caricatura ha sido utilizada en todos los tiempo para combatir a los enemigos políticos, las costumbres e ideas; ¿por qué no combatir entonces con ella al pecado y recordar a los hombres que son, a fin de cuentas, mortales sujetos al juicio divino? Al respecto dice Bolaños: 

    La Muerte es una majestad ridícula {...} unas veces será motivo de nuestra risa, pero otras será la causa de nuestro llanto”. Bolaños, 1992, p. 85.

    Agüera logra situar a sus personajes en lo cotidiano de una época que, a decir de Bolaños, le aqueja el olvido de los peligros que para el alma acarrea el pecado. Capta lo simple, lo sencillo de su entorno. El carácter del personaje principal, la Muerte, de la que Agüera hace una transposición subjetiva de la realidad, tiene precisión sin dejar lo pintoresco y amable que el texto de Bolaños pretende.
        
    Para la Historia del Arte y particularmente del grabado en México, estos trabajos sitúan a Francisco Agüera en la tradición de utilizar la imagen como apoyo efectivo a la difusión de ideologías. Sus dibujos son un trabajo de crítica a una sociedad que intenta eludir a la muerte como única realidad. En este sentido aportan un eslabón entre el siglo XVI y la nueva gráfica mexicana de principios del siglo XX.

Figura 15
    Su autoría no está en tela de juicio; el trazo de la línea, la consistencia en el estilo y el tratamiento del tema se deben sin duda a la misma mano. Por otra parte, la autenticidad es clara; el tratamiento festivo que hace del personaje no tiene antecedente directo. Tal vez pudiera citarse la letra capitular D, incluida por Westheim en su Historia del grabado en madera,  realizada por Juan Holbein el Joven (1538), en la que se muestra a un plácido anciano caminado del brazo de un esqueleto quien felizmente tañe un salterio. 

    En este sentido y acorde a lo propuesto por Blanca de Mariscal, Agüera constituye un antecedente de la obra de Posada, Manilla y otros reconocidos grabadores que han encontrado en la caricatura de calaveras y esqueletos una forma gráfica de expresión social.

    Indudablemente Agüera logra trasformar en imagen el concepto que nos trasmite el mensaje de Bolaños: el centro gravitatorio de la vida del hombre, es la muerte.

    La sencillez del dibujo matiza el fuerte simbolismo empleado. En sus grabados nos presenta a la Muerte, personaje arquetípico colectivo, -símbolo natural, involuntario y espontáneo de todas las culturas- y nos brinda con naturalidad los símbolos del hombre en su relación con la muerte.
        
    La riqueza de la simbología no debe sorprender; la muerte es -a fin de cuentas- el sino fatal e ineludible del hombre, y por tanto su significado y razón es una constante en la búsqueda de la explicación sobre el misterio del origen y destino humano. Además no es posible desligar las ilustraciones del autor del texto; Joaquín Bolaños era, como lo establece López de Mariscal, un reconocido teólogo y canonista, lo que se reafirma con el nombramiento de Examinador Sinodal del Obispado del Nuevo Reyno de Nuevo León.  Esto nos permite arriesgar la seguridad de que sus conocimientos sobre la simbología cristiana superaban, con mucho, a los de la media entre los eclesiásticos de la época, lo que naturalmente se refleja en los grabados de su libro.

    
Figura 16
Las imágenes ilustran y describen la aparente cotidiana vida de la Muerte, y la ponen en situaciones comunes al hombre: nacimiento, bautizo, boda y su propia muerte (fig. 18).   Así, la muerte parece acompañar al hombre desde el instante mismo de la concepción, hasta su ocaso. Destino ineludible al que el hombre llegará después de una vida llena de tribulaciones y vanas esperanzas. Al final, es el evento decisivo del alma; no se puede luchar contra el propio límite natural.

    A través de las ilustraciones de Agüera, Bolaños pinta a la muerte como un personaje cotidiano en la vida de los mortales, que los confronta en las más variadas situaciones que van desde el terror a la muerte cuando el alma se encuentra presa de pecados y culpas, o la particular situación cuando la cercanía de la muerte representa una oportunidad de salvación (fig. 8), y aún se da el caso en que el justo espera a la muerte como una liberación al final de una vida de sacrificio y apego a las ordenanzas divinas.
        
    Generalmente quien rompe los cánones no es comprendido por la mayoría de sus contemporáneos. Con mayor razón un libro dirigido a una comunidad urbana de lecto-escritores con las características de fines de siglo XVIII, en la Nueva España; este es el caso de Francisco Agüera. Rompe con la sociedad conservadora y tradicionalista al presentarles un lenguaje gráfico nuevo, y choca con la comunidad intelectual novo hispana al proponerles una interpretación gráfica que no se ajustaba a las normas de neoclásico racionalista (en oposición al barroco) establecidas por la Academia, donde la autenticidad y originalidad no siempre eran consideradas virtudes del artista.  Es importante observar que las ilustraciones de Agüera, al paso del tiempo, han encontrado una valorización de la caricatura como una expresión de las artes gráficas.

    En este sentido el plan artístico de cada uno de los grabados responde a la necesidad de ilustrar un texto y el impacto visual produce una impresión de balance entre los elementos de la composición. Aun así, la aportación que hace la riqueza simbólica de los elementos empleados, y la síntesis conseguida para “contar” una historia o parte de ella constituye el mayor de los valores al cumplir plenamente con el objetivo propuesto.

    
Figura 17
Los personajes empleados tienen diversos orígenes: desde la antitética muerte (fig. 10), hasta el muy humano fraile Antonio Linaz (fig. 16), pasando por personajes bíblicos e históricos; una emperatriz (fig. 11), académicos (fig. 13), damas de sociedad (fig. 15), diablillos (fig. 4,5) y más. Todos ellos contribuyen a situar la historia y las circunstancias de lo ilustrado y de alguna manera establecen un marco para el potencial simbólico de la imagen.
        
    Para asignar valor iconográfico debieron considerarse algunas convenciones, como por ejemplo, en relación a los colores; los grabados están realizados en sepia, color que si bien evita el dramatismo del negro, se utilizaba para dar un matiz sublime y a la vez, humilde. 

Así mismo, se asumió que un árbol con follaje, tiene un color verde (fig. 2,3), que al fuego en general se le representa con el color rojo (fig. 9). Igual aplica al blanco del armiño o al azul de un cielo despejado. Fuera de ello, el peso iconográfico de los elementos se buscó dentro del significado de la tradición cristiana -con algunas excepciones- como es el caso de los grabados cuatro y cinco, donde el piso sobre el que están colocados los personajes es un tablero de ajedrez cuyo origen se localiza en la tradición de la India.

    Al proponer una interpretación iconológica, si bien está apoyada fuertemente en el canon marcado por el texto Bolaños, la mayor dificultad estriba en que los símbolos escapan a la unidad de la palabra y adquieren la multivalencia de la imagen. Por ello es necesario considerar el medio cultural en los que fueron realizados, los objetivos pretendidos, y el movimiento que cada uno de los elementos adquiere en relación a la temática particular de la ilustración referida y, aun así, no intentar racionalizar unívocamente el símbolo. A más, un trabajo de esta naturaleza siempre conlleva la carga del imaginario cultural de quien pretende descifrarlo. La interpretación será siempre subjetiva y dependerá en gran medida de arquetipos personales y expresiones culturales que a su vez abren nuevas imágenes.

    
Figura 18
En ese quehacer posiblemente lo más interesante es encontrar la cristiana ambivalencia de Bolaños sobre el concepto de la muerte, como es el caso del capítulo XVI, que se titula Se viste la muerte de gala para asistir a la cabecera de un justo agonizante y en la que se describe a la muerte como: "tan apacible, tan agraciada, tan linda." Bolaños, 1992. p. 201.

    Finalmente, el personaje creado por Francisco Agüera paradójicamente no está muerto. Como puede observarse, las imágenes de La Portentosa abren otro aspecto del estudio de la gráfica mexicana, que en el caso de La Portentosa van más allá de la realización técnica, estilo o composición artística.


    




Obras consultadas

  • Beristáin de Souza, José Mariano, Biblioteca Hispanoamericana Septentrional, México, UNAM, IEDH. v1.
  • [Bolaños, Joaquín] LA PORTENTOSA VIDA DE LA MUERTE, EMPERATRIZ DE LOS SEPULCROS, VENGADORA DE LOS AGRAVIOS/ DEL ALTÍSIMO Y MUY SEÑORA DEL LA HUMANA NATURALEZA, cuya célebre Historia encomienda a los Hombres de buen gusto FRAY JOAQUIN BOLAÑOS Predicador Apostólico del colegio Seminario de Propaganda Fide de MARIA Santísima de Guadalupe extramuros de la muy Noble y Leal Ciudad de Zacatecas en la Nueva Galicia, Examinador Sinodal del Obispado del Nuevo Reyno de León. IMPRESA EN MÉXICO en la Oficina de los Herederos del Lic. D. Joseph de Jáuregui, Calle de San Bernardo. Año de 1792. Trascripción bibliográfica, cuasi-facsímile.
  • Bolaños, Joaquín Fray. La Portentosa Vida de la Muerte, Emperatriz de los sepulcros, vengadora de los agravios del altísimo y muy señora de la humana naturaleza. Edición crítica, introducción y notas de Blanca López de Mariscal. México, El Colegio de México, 1992. 18 grabados de Francisco Agüera.
  • Bolaños, Joaquín Fray. La Portentosa Vida de la Muerte, Prologo y selección de Agustín Yánez. En: Los sirgueros de la Virgen.  Biblioteca del Estudiante Universitario, México, UNAM, 1944.
  • Gómez Pérez Griselda. Estudio iconológico de los grabados de Francisco Agüera en el libro de Joaquín Bolaños, La Portentosa Vida de la Muerte. Facultad del Hábitat. SLP, UASLP, 2009. En línea: 
https://repositorioinstitucional.uaslp.mx/xmlui/handle/i/1920
  • Gómez Pérez, Griselda. Aportaciones al estudio de la imagen gráfica como documento social, la imagen festiva de la muerte en México. (Tesis doctoral) Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2011. 553p. En línea:   
  • Guía de Forasteros, Estanquillo Literario para el año de 1792. México, INBA, Año 1, núm.4
  • Panofsky, Edwin. Estudios sobre iconología, Alianza Editorial, Madrid, 2002. 
  • Ramírez Leyva, Elsa. El libro y la lectura en el proceso de occidentalización de México. México, UNAM, CUIB, 2001.
  • Terán Elizondo, Ma. Isabel, Los recursos de la persuasión: La portentosa vida de la Muerte de fray Joaquín Bolaños. Morelia, El Colegio de Michoacán, 1997.




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